• Ignacio Mata Pastor

Psicopatía: ¿cuál es el origen del mal en el ser humano?

Actualizado: 2 de abr de 2019

Josef Mengele, Charles Manson, Ted Bundy,… ¿Qué tienen en común? La respuesta parece sencilla. Fueron responsables de la muerte de muchas personas inocentes a los que, en muchos casos, asesinaron de un modo cruel y despiadado. ¿Puede tanta maldad ser parte de la “condición humana”, o debemos pensar que solo una mente trastornada puede llegar a cometer semejantes atrocidades? No cabe duda que, desde el punto de vista ético, lo que caracteriza a estas personas es su extrema maldad. Pero no es mi objetivo analizar la maldad desde un punto de vista ético. Lo que pretendo es analizar esta conducta desde el punto de vista psiquiátrico.

Existen numerosas definiciones de psicopatía, pero quizás la más aceptada en el mundo científico sea la de Robert Hare, quien estima que alrededor del 1% de la población puede ser catalogada de ese modo. Para Hare, lo que realmente define al psicópata no es tanto su conducta violenta, sino su falta de empatía, su incapacidad para experimentar culpa o remordimientos, sus dificultades para establecer vínculos afectivos profundos, así como su egocentrismo, grandiosidad, impulsividad, y necesidad de poder y control sobre los demás. De hecho, la mayor parte de los psicópatas no son delincuentes, sino que gracias a su encanto y capacidad para manipular, arruinan la vida de cuantos se relacionan con ellos a nivel personal o profesional. Sin embargo, esto no quita para que cuando no consiguen sus objetivos a través de la manipulación, puedan llegar a usar la violencia sin que ello les haga sentirse mal.

Pero, ¿cuál es el origen de la psicopatía? ¿Nacen los psicópatas condicionados para serlo, o surge dicha condición como consecuencia de las circunstancias vitales del individuo? En el momento del nacimiento, disponemos de una dotación genética que, con escasas modificaciones, nos acompañará a lo largo de nuestras vidas. Este código genético, junto con las consecuencias de los factores ambientales que nos afectan durante el periodo embrionario y fetal, forma la mochila con la que cada uno de nosotros venimos al mundo. A partir de ese momento, múltiples factores ambientales irán llenando esa mochila, con una mayor influencia de aquellos que nos afectan durante los primeros años de vida sobre los más tardíos. Dichos factores ambientales, a los que me referiré más adelante, modifican la expresión de los genes, unas veces de forma favorable y otras perjudicando nuestro desarrollo.

De cara a simplificar el tema, y dado que no parece que los factores ambientales prenatales (en la etapa embrionaria y fetal) tengan un impacto excesivo sobre el riesgo de desarrollar una psicopatía, obviaré estos últimos e identificaré lo innato con lo genético. Diferenciar la influencia de los factores genéticos y ambientales sobre un fenotipo (los caracteres visibles de un individuo) exige el empleo de metodologías concretas de investigación, entre las que destacan las de los estudios de gemelos (comparar gemelos monozigóticos, que comparten el 100% del código genético, con gemelos dizigóticos, que comparten el 50%) y de adopción (estudiar individuos con relación genética que se crían separados, e individuos sin relación genética que se crían juntos). Este tipo de estudios permiten el cálculo de la heredabilidad, definida como el porcentaje de variabilidad entre dos individuos que puede ser atribuida a factores genéticos, de una determinada caracteristica. Pues bien, estos estudios han arrojado cifras, que si bien son variables, se sitúan en torno al 50%, similares a las de otros rasgos de personalidad como el neuroticismo o la introversión. Por tanto, podemos considerar que aproximadamente el 50% de la diferencia entre dos individuos en cuanto a los rasgos de psicopatía se debe a diferencias en sus códigos genéticos.

Es ahora el momento de hablar de la influencia de los factores ambientales. De estos, los más relevantes parecen ser el abuso infantil, la marginalidad, y la escasa implicación emocional de los padres en la crianza. Sin embargo, del mismo modo que un huracán tiene una influencia diferente en una casa con buenos cimientos que en una cabaña de madera, unos determinados factores ambientales influyen de un modo distinto a dos individuos con dotaciones genéticas diferentes, conociéndose este fenómeno como interacción gen-ambiente. Un ejemplo de este tipo de interacción que ha sido hallado en varios estudios tiene que ver con el gen de la monoaminooxidasa conocido como MAO-A, implicado en la disponibilidad de varios neurotransmisores cerebrales (serotonina, dopamina, adrenalina). Se ha comprobado que los portadores de una variante de este gen, y que a su vez son víctimas de violencia en la infancia, tienen una mayor propensión hacia la conducta antisocial en la juventud y en la edad adulta. Este hallazgo ejemplifica cómo una determinada dotación genética puede condicionar a un individuo para que un determinado factor ambiental aumente las posibilidades de que desarrolle un patrón de conducta psicopática.

El segundo fenómeno a tener en cuenta es el conocido como correlación gen-ambiente, y que se refiere al proceso mediante el cual la dotación genética de un individuo determina las experiencias y los ambientes a los que se verá expuesto a lo largo de su vida. Este fenómeno viene a reflejar que cada individuo juega un papel activo, voluntaria o involuntariamente, en la construcción de sus contextos de desarrollo. Voy a tratar de explicar los diferentes tipos de correlación gen-ambiente en relación con el desarrollo de la psicopatía. El primero de ellos se conoce como correlación pasiva, y se refiere a que padres con rasgos de psicopatía transmitirán, con mayor frecuencia que la media, genes de psicopatía a sus hijos, y a su vez les proporcionarán un estilo de crianza más adverso de lo habitual, por lo que los hijos de psicópatas acumularán más factores de riesgo tanto genéticos como ambientales que la media poblacional. El segundo tipo se conoce como correlación reactiva, refiriéndose a que individuos con diferentes genes provocan diferentes respuestas en su entorno. Así, un individuo genéticamente predispuesto a reaccionar de un modo tranquilo ante los conflictos generará actitudes calmadas en sus padres y en su compañeros, mientras que uno que tienda a reaccionar de uno modo displicente o retador, recibirá respuestas agresivas en su entorno con mayor frecuencia, lo que facilitará el desarrollo de psicopatía. El tercer tipo, conocido como correlación activa, hace referencia a la búsqueda activa de determinados ambientes por parte de los individuos en función de su dotación genética. De ese modo, una persona cuyos genes condicionen una personalidad impulsiva, tenderá a buscar situaciones conflictivas con mayor frecuencia que una cuyo genotipo se asocie a una personalidad más reflexiva, lo que le puede llevar a mayor marginalidad, incrementando el riesgo de desarrollar una psicopatía.

Cómo conclusión de todo lo dicho, y tratando de responder a la pregunta de si el psicópata “nace o se hace”, hoy en día está comúnmente aceptado que tanto los factores genéticos como ambientales son relevantes en la génesis de la psicopatía. Ni los genes ni el ambiente son suficientes para desarrollar una psicopatía, pero ambos contribuyen a su desarrollo. Volviendo al símil de los efectos de un huracán sobre una casa, los genes podrían asimilarse al terreno sobre el que edificamos nuestra casa, mientras que el ambiente podría ser visto como el material con el que construimos la casa. Dado que no podemos controlar nuestra dotación genética, deberíamos prestar especial atención al ambiente, especialmente al estilo de crianza de los niños y a su exposición precoz a la violencia. Dicho esto, dejo para un próximo post el tratar de responder a la pregunta de si el psicópata actúa de ese modo voluntariamente, o si esa forma de actuar le viene dada por una alteración de la que no es responsable. Entramos en el terreno del libre albedrío.




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